Naty llegó vestida de jardinera y nos trajo algunos signos para explicar el Evangelio.
La planta
Naty trajo una planta, la que más quiere, y nos contó que la cuida, la poda y la riega cuando es necesario.
Porque, como dice la lectura, el dueño del campo se encargó de cuidar el campo; incluso cuidó los frutos.
Así como un jardinero cuida de su plantita, el dueño del campo cuidó de la viña con muchos gestos de amor. Así también Dios cuida de nosotros. ¡Cuántos regalos nos da el Señor!
Entonces, en este Evangelio, el Señor nos invita a ser agradecidos. La palabra es «GRATITUD».Debemos estar agradecidos por lo que el Señor nos dio. Este mundo no es perfecto, pero aun así es hermoso y vale la pena vivirlo. Nos ha dado la vida, la familia y personas que nos quieren y nos cuidan.
Los frutos
Naty trajo muchos colaboradores porque, después de trabajar la tierra, como dice la Palabra, ese campo da frutos.
A cada colaborador le convidó una uva, uno de los frutos que trajo.
A cada uno le consultaron qué le había parecido el fruto y cómo estaba la uva. La mayoría coincidió en que estaba sabrosa y jugosa, pero una persona dijo que estaba “agria y horrible”.
Con esto, Naty nos quiere decir que estemos atentos a los frutos que producimos: frutos dulces o agrios.
Tenemos que preguntarnos: ¿Qué frutos estamos dando para nuestras familias? ¿Son frutos dulces o amargos?
Fijémonos en lo que pasó en la viña: el dueño la preparó para que se convirtiera en una viña hermosa y se transformara en una fuente de frutos. Sin embargo, quienes debían cuidarla se apropiaron de la viña y se quedaron con los frutos que tenían que entregar. Se los guardaron para ellos mismos.
A veces nos pasa eso: cuando tenemos que dar frutos, Dios nos da un montón de cosas, pero es para compartirlas con los demás.
«Cuando Dios habla, espera una respuesta».
Con todo lo que el Señor nos da, ¿qué respuesta estamos dando? ¿Estamos dando frutos dulces? ¿Sabemos pensar en los demás o solamente pensamos en nosotros mismos y nos vamos quejando?
En vez de sentirnos deudores, nos sentimos acreedores. A veces creemos que nuestra pareja nos debe cosas, que nuestros hijos deberían hacer determinadas cosas por nosotros o que nuestros amigos tendrían que tener ciertos gestos hacia nosotros.
Pensamos que los demás nos deben algo y no nos damos cuenta de que nosotros también tenemos mucho para dar.
Entonces, debemos preguntarnos:
- ¿Tengo un corazón agradecido?
- ¿Doy frutos a los demás?
- ¿Reconozco todo lo que Dios me regala cada día?
- ¿Comparto con los demás lo que recibo del Señor?
Cuando Dios habla, espera una respuesta. Y ojalá podamos responder con gratitud, dando frutos a quienes nos rodean.
